CIUDAD CENTRAL
CIUDAD CENTRAL

Ondas en el lago

(Blog de Diana Puerto - Noches de Isilien) 

 

Acurrucada en la oscuridad de mi habitación, con el corazón destrozado, recuerdo la conversación que ayer tuve con un gran hombre y me pregunto si tendrá razón. 

 

- ¿Por qué es tan complicado? ¿Por qué duele tanto? 

- Porque realmente, querida niña, el amor no es algo sencillo. 

- Pero a mí me resulta fácil amar. 

- No tanto corresponder o ser correspondida. El amor es como un gran lago de aguas tranquilas y nosotros no somos más que piedras lanzadas por el azar (para algunos el destino) a perturbar esa quietud. 

- ¿Qué quieres decir? 

- Cuando caemos en el agua creamos ondas con las que queremos llegar a las que provoca esa otra persona que tanto nos atrae. Y sólo cuando ambas ondas se sincronizan surge el amor. Ahí radica su dificultad. Hay ocasiones en las que la fuerza de tus ondas puede hacer desaparecer las de la otra piedra. Otras veces, a pesar del entusiasmo mutuo, nunca llegan a sincronizarse. E incluso puedes esperar en vano a que la otra piedra caiga al lago. Son tantas las posibilidades… 

- No puede ser tan complicado. Hay millones de parejas. 

- ¿Y cuántas se sincronizan de verdad? ¿Cuántas obvian el hecho de que sus ondas chocan y más que disfrutarse se sobreviven? 

- Eres demasiado negativo. 

- O realista. 

- ¿Y cuando se sincronizan? ¿Las piedras serán felices? 

- Ójala, pequeña, pero me temo que no siempre es así. El tiempo desgasta y el lago tiende a calmarse. Y a veces, las ondas desaparecen. 

- No eres el mejor dando ánimos. 

- No me los has pedido. 

- Casi es mejor no caer nunca en el lago. 

- Discrepo. Son esas caídas las que nos hacen sentir vivos. 

- ¿Se sincronizarán mis ondas para siempre? 

- Cuando suceda habrás recibido el mejor regalo que el azar (o el destino) te puede hacer. 

Tres besos

El mes de junio más caluroso de la última década estaba dispuesto a marcar récords inalcanzables. Ciudad Central se derretía y sus habitantes caían rendidos ante el reinado furibundo del Sol. El verano se había instalado en cada calle, en cada recoveco y ya ni en la sombra se podía sentir algo de alivio.

Leonardo apuraba un refresco atestado de hielos cerca de un puesto de helados, el único que se podía encontrar en la Isla Floresta en aquellos tiempos. Estaba sentado bajo una higuera, pensando qué diablos hacía allí y no en su tierra, donde las temperaturas eran más templadas.

-¿Sabes que la sombra de la higuera es traicionera? –Leonardo se colocó las gafas de sol, miró a la persona que le había dicho aquellas palabras y sólo pudo fijarse en la sonrisa más encantadora que había visto jamás.

-¿Más que estar a pleno sol en este infierno? –replicó.

-Es muy probable, al menos eso reza el refrán. ¿Puedo hacerte una foto? –le preguntó.

-Nunca me lo había pedido una desconocida.

-Para todo hay una primera vez –Leonardo sonrió y dio un trago al refresco.

-Es un halago que me veas como modelo.

-Estoy haciendo un reportaje sobre los peligros que trae consigo la ola de calor. Y ya sabes, la higuera, su sombra…

-Cierto, que mi vida pende de un hilo –dijo Leonardo divirtiéndose. La joven sonrió, preparó su Leika y disparó.

-Ya está.

-Ha sido fácil.

-Eso suele depender del modelo.

-En ese caso, la profesionalidad que tengo jugándome la vida tendrá una recompensa…

-¿Por una sola foto? –preguntó ella-. Poco te puedo ofrecer.

-¿A qué llamas poco?

-Mmmm, no sé, déjame que lo piense –dijo como si lo estuviera meditando a conciencia-. Quizás que te rellenen ese vaso.

Leonardo arqueó las cejas con expresión incrédula. Echó un vistazo a su refresco y negó con la cabeza.

-Si me bebo otro vaso de este aguachirri estaría realmente en peligro. Pero sí sería un buen pago que me dejaras invitarte a una horchata cerca de aquí y, de paso, que me dijeras tu nombre.

La sonrisa se dibujó en el rostro armonioso de la joven y Leonardo sintió un cosquilleo inexplicable en el estómago.

-¿Te recompenso dejando que me invites?

-Exacto.

-Eso es poco provechoso.

-¿Para quién? –preguntó Leonardo. Después se levantó y con un gesto invitó a la fotógrafa que le acompañara. Ella le miró con curiosidad y accedió.

-Todo sea por una buena foto. Me llamo Lía.

-Encantado, yo soy Leonardo.

 

El sol empezaba a remolonear en el cielo, dejando destellos violáceos que se precipitaban entre los árboles de Isla Floresta. Pero Leonardo apenas sentía que había pasado el tiempo. La conversación con Lía había aflorado con tanta parsimonia como fluidez, de tal modo que parecían viejos amigos redescubriéndose tras largo tiempo separados. Leonardo la fascinó con sus conocimientos del mundo del arte, con sus contactos en la alta sociedad y con la fina ironía que utilizaba para todo lo que contaba. Ella, en cambio, despertó en él su curiosidad contándole su presente en la Universidad, pero sobre todo su futuro, sus planes para ser alguien que marcara diferencias.

-¿Cómo puedes tener sólo 21 años? –le preguntó Leonardo al tiempo que le ofrecía un canapé de salmón. Ella se rio. Era la quinta vez que se lo preguntaba.

-¿Y cómo es posible que tú hayas hecho tantas cosas con sólo 28? –le dijo ella.

-Nací rápido y ya no paré.

-Y ahora pasas las tardes jugándote el pellejo bajo árboles traicioneros.

-Por supuesto.

Los dos permanecieron en silencio, sabiendo que aquel momento de magia repentina tocaba a su fin. Lía sonrió nerviosa, miró a Leonardo a la cara y dijo las palabras fatídicas.

-Tengo que irme. Aún he de revelar las fotos.

-Sí, te he robado toda la tarde.

-Más bien me la he robado a mí misma -Lía se levantó y Leonardo la siguió.

-Mañana pienso volver a jugarme la vida –dijo él-. Por si necesitas un modelo de nuevo…

Lía se rio, después se colocó el bolso y la mochila con la cámara. Debía marcharse aunque no lo deseara.

-Me gustaría, pero me marcho a Nueva York mañana mismo. Estaré fuera un año.

Aquello cayó como una losa en el ánimo de Leonardo, que no consiguió que sus ojos acompañaran la efusiva réplica que dio a continuación.

-¡Vaya, eso es toda una aventura!

-Es una beca, una oportunidad muy buena.

-Me alegro, aunque echaré de menos que me fotografíes cuando corra peligro –Leonardo hizo una breve pausa-. Ha sido un placer. Hacía mucho que no disfrutaba tanto.

-Para mí también –aseguró Lía-. Y sí, antes de que lo digas, hubiera quedado contigo mañana… y pasado mañana. Pero no es posible.

-Lo sé.

-Me marcho. Muchas gracias por esta tarde.

Leonardo se acercó a Lía y le dio un suave beso, de esos en los que se difumina todo y el mundo se limita a la calidez de los labios de la otra persona. Después, se separó despacio.

-Nos veremos algún día –dijo él.

-Eso espero –replicó ella. Dio media vuelta y se fue. La noche había caído en Ciudad Central.

 

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-¡Acelera! ¡Lo puedes lograr! ¡Vamos!... ¡Mierda!

Leonardo se bajó el coche exhausto pero satisfecho. Caminó por la zona de boxes con el casco en la mano, saludando al público. Cuando llegó al garaje, los mecánicos salían a buscar el viejo Alfa Romeo que se había quedado parado poco después de pasar la meta, seco de gasolina.

-¡Hemos estado a punto! –dijo el jefe de mecánicos-. Si hubieras metido una velocidad menos en la curva hubieses adelantado a ese alemán presumido.

Leonardo sonrió. Para Gordon nunca era suficiente. Y aunque tenía algo de razón, vencer al Mercedes de Bauer era casi imposible. Además, el calor en Mónaco era agobiante en esa época del año, cosa que perjudicaba a su antiguo bólido.

-Sólo son carreras de exhibición-dijo Leonardo despreocupado-. Y nunca habíamos sido segundos.

-¿No te lo tomas en serio? Porque un piloto sólo puede pensar en ganar –protestó Gordon.

-Lo hace, eso te lo aseguro yo.

El piloto y el jefe de mecánicos miraron a Michelle, que entró al box con su habitual paso firme, su despampanante físico y una seguridad que atraía las miradas de todos los que se la cruzaban. Cuando llegó junto a ellos dio una palmada en la espalda a Gordon y después se colgó del cuello de Leonardo para besarle.

-¿Quién quiere una copa si tiene un beso así al terminar la carrera? –dijo Leonardo.

-Gordon, te juro que este loco pasa más tiempo pensando en cómo mejorar el rendimiento de ese cacharro viejo que en sus negocios.

-Pues no es suficiente –farfulló. Leonardo y Michelle se rieron y, a renglón seguido, Gordon les acompañó-. Andad vamos a tomar cervezas.

 

Cuando Leonardo apuraba la segunda jarra en el local donde se solían reunir los pilotos, un tipo fornido como un armario, con gafas de sol, mostacho y una gorra que le quedaba pequeña entró gritando.

-¡Bauer, MacGray y Ardant! ¡Salid conmigo! ¡Sesión de fotos!

Sandro Rossini, organizador del GP Classic Tour, no se caracterizaba ni por tener mano izquierda ni por pedir las cosas por favor. Leonardo sonrió a Gordon y dio un beso a Michelle.

-Cuida de él. No sé lo que Rossini nos retendrá con ese encanto que rezuma.

Caminó charlando con Bauer y Ardant, sus compañeros de podio, hasta llegar a la curva de Santa Devota, donde estaban sus tres coches perfectamente aparcados y limpios para las fotos.

-¡Ale! ¡A posar! –les dijo Rossini-. Ella se encargará. Os dejo. Tengo mucho que hacer.

La sonrisa de Lía no había perdido ni un ápice de su atractivo. Es más, había ganado en picardía, lo que, en opinión de Leonardo, la hacía más atractiva.

-Vaya, qué sorpresa –dijo ella sacando la cámara de la mochila.

-Al menos dos años –dijo Leonardo.

-O tres –le corrigió ella.

-¿Ya eres fotógrafa profesional?

-Eso parece –contestó sonriente-. Perdonen, caballeros, conocí a su colega tiempo atrás.

-MacGray siempre afortunado –intervino Bauer

-Gracias –dijo Lía-. He venido a fotografiarles para el Heraldo de la Tarde, de Ciudad Central. Estoy haciendo un reportaje sobre deportes peligrosos.

-¿Siempre haces fotos a gente que se juega la vida? –preguntó Leonardo.

-Sólo si sales tú –respondió Lía con desparpajo.

 

La sesión se prolongó una hora, tras la cual Bauer y Ardant se marcharon, no sin que antes el alemán intentara conseguir una cita de la fotógrafa.

-¿Tú también te vas ya? –le preguntó a Leonardo.

-Depende de si quieres que te invite a una horchata.

-Prefiero verte jugándote el tipo. Estás muy atractivo cuando lo haces.

-Con eso me has convencido. ¿Qué quieres que haga?

-Propón algo.

-¿Champán en el puerto?

-No, se me ha ocurrido algo mejor –dijo señalando al Alfa Romeo.

-¿Estás segura? –Lía asintió-. Gordon me va a matar.

 

Durante tres horas recorrieron las calles y carreteras del Principado, deteniéndose allí donde Lía quería hacer alguna foto. Y Leonardo volvió a olvidar toda su vida. Sólo existía ese momento; un instante de película en el que los protagonistas recorrían la soleada Costa Azul brillando como estrellas de cine.

-¿Cuándo vuelves? –preguntó Leonardo apoyado en la barandilla de un mirador situado junto al Museo Oceanográfico.

-Mañana sale el vuelo desde Niza –contestó Lía-. Pero tengo la noche libre. Cena conmigo.

Leonardo sintió una punzada que disfrazó con una sonrisa cómplice. Deseaba tanto escuchar aquellas palabras como no haberlas oído, pues sabía cuál debía ser la respuesta.

-No puedo –contestó arrepintiéndose al instante.

-Hay alguien, ¿verdad?

-Sí.

-Aquí, en Mónaco –Leonardo asintió. Lía se encogió de hombros y su gesto resultó aún más encantador-. ¿Cómo es? ¿Guapa?

-Mucho. De las que provocan piropos a cada paso.

-Impresionante.

-Sí –dijo Leonardo-. Soy un tipo afortunado.

-No, afortunada es ella –replicó Lía-. Y como tiene tanta suerte, no le importará que le robe un poco.

Se acercó a Leonardo y le besó con dulzura, como si lo hiciera cada día. O al menos eso fue lo que sintió él, pues aquellos labios eran como volver a casa.

Cuando tiempo después recordara aquel momento, nunca sabría si el beso había durado segundos o minutos. Ni recordaría despedirse de Lía o devolver el Alfa Romeo al garaje. Sólo sería capaz de sentir una sensación de plenitud que pocas veces volvería a experimentar.

 

 

****************************

 

-¿A esto le llamas arte? ¡Esto no tiene ningún jodido valor!

El hombre que lanzaba improperios estaba embutido en un traje de marca y sudaba a borbotones a pesar del aire acondicionado.

-Querido Valdés, esto que ves aquí alcanzará precios desorbitados dentro de unos años. El cómic es un arte y así será considerado –expuso Leonardo con paciencia.

-¿Cómic? ¡Son putos tebeos! –exclamó Valdés-. Mira, tienes muy buen ojo para este negocio. Has descubierto a artistas cojonudos, pero con esto has llegado demasiado lejos.

Leonardo puso su mano sobre el hombro de su socio y le sonrió

-Confía en mí. ¿Alguna vez te he fallado?

-No, pero…

-Pero nada. Sacarás mucho dinero de esta exposición. Y si me equivoco, te lo devuelvo con el 20% de intereses.

-No me jodas, Leo, déjate de intereses –dijo Valdés disgustado.

-Pues te lo pagaré con whisky escocés –Valdés le miró a los ojos y relajó su expresión.

-No se puede hablar contigo. Anda, abre la puta puerta y que entren esos soplagaitas. Nos van a llover hostias por todos lados.

La exposición sobre autores clásicos del cómic americano junto a nuevos valores había suscitado un interés que Valdés consideraba insano, pero que Leonardo había supuesto con antelación. Contar con originales de Jack Kirby, Steve Ditko o Sal Buscema atraería a numerosos aficionados de las viñetas. Además, tenían el apoyo de Joseph Pandora, un joven magnate de los negocios amigo de Leonardo, que se estaba ganando una gran reputación en Ciudad Central. De hecho, sería el invitado de honor en la Galería DosK, uno de los sitios de moda en el Barrio del Progreso. No en vano tenía la azotea más exclusiva de la zona.

 

Como Leonardo había predicho, el éxito en la inauguración fue total, lo que propició un cálido ambiente de autocomplacencia en el cóctel que se sirvió en la azotea.

-Da gusto trabajar contigo, amigo mío –le dijo Pandora con un gin-tonic en la mano-. Cosa que haces, éxito que alcanzas.

-¿Me vas a pedir algo? –preguntó Leonardo.

-¿Por qué dices eso?

-Tanto elogio me mosquea –Pandora, que se caracterizaba por su gran tamaño y su risa fácil, carcajeó.

-No sé si molestarme o pensar que me conoces bien, legoriano.

-Yo optaría por quedarme un poco de cada opción. Así nunca pierdes.

-Has aprendido rápido.

-Sólo he tenido que escuchártelo decir 50 veces, explotador –Pandora volvió a carcajear.

-Hasta que no seas capaz de ganarme una partida de ajedrez no dejaré de darte lecciones –dijo el empresario.

-Eso sucederá pronto. Voy a hacer unas llamadas, Joseph. Me ha encantado verte.

Aunque Joseph Pandora difería mucho de su manera de ver el mundo, Leonardo no podía evitar apreciarlo por su personalidad arrolladora. Desde un principio habían conectado inexplicablemente y sabía que si labraba esa relación llegarían a ser buenos amigos. En cierto modo, le consideraba un digno rival para debatir y, además, era un excelente jugador de ajedrez.

 

Cuando Leonardo salió de la galería respiró profundamente. A pesar de lo que pudiera parecer, no le gustaban los saraos de aquel tipo, en los que se juntaba la alta sociedad de Ciudad Central para lucir palmito.

-Vaya, es la primera vez que te veo sin que estés en peligro –la voz se le agarró al estómago y se lo estrujó. Cuando la vio, su sonrisa se le volvió a clavar en el corazón y una descarga de alegría pura le recorrió el cuerpo.

-¿En medio de Ciudad Central y dices que no corro peligro?

-Quizás tengas razón –Lía se acercó a Leonardo y le abrazó.

-¿Cuánto ha pasado esta vez? –preguntó él.

-Algo más de dos años, si no me equivoco –contestó Lía.

-Te has cortado el pelo…

-Varias veces en ese tiempo –dijo burlona. Leonardo se rio.

-Perdona, ha sido un día largo.

-¿Provechoso?

-Acaba de mejorar.

-Gracias.

-¿Qué haces por aquí? –le preguntó Leonardo.

-Vengo a una exposición –contestó ella-, aunque no sé muy bien de qué va.

-¿En esta galería?

-Sí, ¿por?

-Porque tengo un plan alternativo mucho mejor.

-Pero he quedado.

-Seguro que puede esperar. Yo esperaría años por volver a ver esa sonrisa. De hecho, suelo hacerlo -Lía se sonrojó.

-¿Qué me propones?

-Simplemente un paseo –Lía se lo pensó un instante, miró hacia la DosK y aceptó.

Durante los primeros cinco minutos apenas mediaron palabra, pero poco a poco la situación cambió. Un par de bromas bastaron para dejarse llevar como si no hubiera pasado tanto tiempo.

Entonces Leonardo lo supo. Lía siempre le atraería. No importaba que no se volvieran a ver en diez años, porque cuando se encontrara de nuevo con su sonrisa algo se removería en su interior. Y recordó las palabras que un buen día le dijera su abuelo: “En la vida hay dos clases de amor: el que llega, te nubla y desaparece poco tiempo después sin explicarte cómo pudiste enamorarte de esa persona, y el que parece de repente y se mete dentro de ti de tal manera que, de un modo u otro, siempre permanecerá, seas o no correspondido”.

 

-No tienes por qué entrar. Sólo son tebeos –le dijo después de pasear una hora por el Barrio del Progreso.

-Pero he quedado. No está bien dejar plantado a nadie. Demasiado ha tenido ya que esperar.

-¿Es un tipo guapo? –Lía sonrió y le miró con cariño.

-No de los que provocan admiración a su paso –respondió ella-. ¿Qué fue de tu mujer de bandera?

-Se marchó en busca de mejores piropos.

-Qué tonta.

-O qué lista. Se debió dar cuenta de que a mí me enamoran las sonrisas.

Ambos se miraron fijamente, sin decir nada más. Leonardo acarició su cara suavemente y Lía cerró los ojos. Después la besó con dulzura, como si con sus labios tratara de decirle todo aquello que no abarcaban las palabras.

Cuando sus bocas se separaron, Lía suspiró.

-Me tengo que ir.

-Lo sé.

-Él me espera.

-En la exposición…

-Sí… de tebeos.

-Suena interesante.

-Bueno, la organiza. Por eso…

-¿Qué la organiza? –preguntó Leonardo sorprendido.

-Eso me ha dicho. Quizás le conozcas. Se llama Joseph, Joseph Pandora.

Ciudad Central

Ciudad Central vive uno de los momentos más críticos de su larga historia. La Ley de Ordenamiento Social está a punto de promulgarse, de modo que los habitantes de la urbe pasarán a formar parte de una determinada clase social dependiendo de sus características genéticas y su patrimonio económico.

El gobierno argumenta que será beneficioso para la ciudad y para las personas, puesto que este orden no será cerrado. Cada cierto tiempo, se realizarán evaluaciones que clasifiquen a los ciudadanos en clases A, B o C. Y en ese intervalo, cualquiera podrá invertir en conseguir las mejoras genéticas que Industrias Pandora ha puesto al alcance de todo el mundo. No obstante, los habitantes de Ciudad Central se debaten entre alzarse contra esta medida o caer rendidos a los avances de la genética.

Por otro lado, los humanos mejorados gracias al proceso ideado por los científicos Abel Máximo y el malogrado Prometeo Márquez componen la Fuerza de Élite, entidad sufragada por la propia Industrias Pandora cuya labor no es otra que mantener el orden y la paz. Sus miembros son aclamados como héroes y todo parece marchar sobre ruedas. Sin embargo, son muchos los intereses oscuros que se ocultan en las sombras. En realidad, las organizaciones criminales campan a sus anchas ante el beneplácito de una clase política corrupta que sólo atiende a los grupos de poder.

En este escenario, la novela se adentra en la vida de ocho personajes que serán claves para el devenir de la ciudad. La promulgación de la Ley y los acontecimientos orquestados para que la opinión pública no sea reacia al inminente cambio social sacudirá el mundo de estos personajes, que no sólo se enfrentarán a situaciones nunca antes vividas, sino que deberán luchar por ser fieles a sus propios principios, aunque no siempre lo conseguirán.

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Creado por Carlos Losada