CIUDAD CENTRAL
CIUDAD CENTRAL

RELATOS CORTOS

Ojos de nieve

12 horas para acabar el año

 

- Menudo banquete se va a dar –me dice el vendedor. Sonrío. Tiene razón.

- Se hace lo que se puede –le contesto elevando los hombros.

- Pues lo hace muy bien –replica pasando el último artículo por el detector de códigos de barras-. Son 142 euros, caballero.

- No puede ser.

- ¿Qué no puede ser?

- El precio. Tiene que rondar los 200 euros.

- La máquina no se equivoca. Está usted de suerte.

- Todo el mundo se equivoca, incluso las máquinas.

 

Ya no tengo dudas de que me enamoré de ella el primer día que la vi, cuando apareció corriendo en el portal de la casa de Marga, totalmente vestida de morado, con su pelo rubio recogido en una coleta y unas horribles gafas de cristales amarillos.

- Ésta es mi prima Alba, ha venido a estudiar y se quedará a vivir conmigo.

- No te doy dos besos que vengo sudada –me dijo con una sonrisa que se tatuó en mi corazón.

- Encantado. ¿Sales mucho a correr? –pregunté por decir algo.

- Cada día. Si no lo hago, siento que me falta algo.

- Y si lo haces también… el aliento –replicó Marga.

- Mi prima es un poco vaga, como ya sabrás.

- No estoy para dar saltitos por ahí en mallas.

- Y menos con estas gafas horribles –añadió Alba riéndose.

- Sobre todo con esas gafas –dijo Marga gesticulando.

- ¿Y por qué las llevas? –pregunté.

- Las necesita. Se está quedando cegata –se apresuró a contestar Marga. Miré a Alba contrariado.

- Sí, mi vista falla. Una enfermedad degenerativa –me dijo al tiempo que se quitaba las gafas. Me fijé en sus ojos azul oscuro y en las motas blancas que parecían querer poblarlos.

- ¿Es por esos puntitos? –pregunté azorado.

- ¿Puntitos? Perdona, pero tengo Ojos de Nieve.

Sonreí. Definitivamente me había encandilado.

- ¿Y no es peligroso salir a correr si no ves bien?

- Soy tan rápida que esquivo los peligros –me contestó sin pensarlo dos veces.

- Menuda chorrada. Claro que es peligroso, pero no me hace caso –protestó Marga-. Como ella nunca se equivoca…

- ¿Y no es verdad? –dijo Alba.

- Por ahora…

- El día que me equivoque, se acabará el mundo –bromeó y me guiñó uno de sus Ojos de Nieve-. Bueno, me subo a duchar. Nos vemos por aquí.

“Prométemelo”, pensé al verla dirigirse a las escaleras.

- Guapa, ¿eh? –me soltó Marga al notar cómo la seguía con la mirada.

- Mucho.

 

9 horas para acabar el año

 

Salgo de la ducha y me quedo mirando el espejo. Hay días en los que no reconozco a la persona que me devuelve la mirada. Hoy es uno de ellos. Pero he de estar preparado. Esta noche es importante. Suspiro y me peino. Vislumbro la primera de las muchas canas que poblarán mi cabeza. Es algo genético. “Al menos no me quedaré calvo”.

 

- ¿Entonces no hay ninguna posibilidad de frenarlo? –le pregunté.

- Ninguna. Pronto no veré absolutamente nada –contestó ella con total naturalidad. Me quedé en silencio, sin saber qué decir ante aquella respuesta tan categórica. Ella se acercó y me puso la mano en el hombro-. No te preocupes, hace mucho que lo tengo asumido.

- Pero…

- Sin peros. Mis ojos serán blancos y lo veré todo negro. ¿No te parece irónico?

- Eres increíble –le dije sin pensar-. Ella se rio.

- Lo sé, pero no te vayas a enamorar de una futura ciega.

- ¿Por qué? Sólo veo ventajas –le contesté.

- ¿Ah sí?

- Claro, pronto te olvidarías de que lo feo que soy.

- Bueno, no estás mal…

- O de lo mal que me va a quedar la calva cuando pierda mi pelo.

- Buf, no me gustan mucho los calvos.

- ¿Te das cuenta? Todo ventajas.

Recuerdo que seguimos hablando toda la noche, sin prestar atención a los demás, como si no hubiera nada ni nadie alrededor. Cuando nos despedimos, yo estaba entregado por completo a sus encantos. Era suyo. Podía haberme pedido lo que hubiera querido.

- Bueno, calvito, me ha encantado charlar contigo.

- ¿Repetirías? –le pregunté temiendo que aquello fuera una despedida definitiva.

- ¿Estás seguro de querer volver a ver a una pobre ciega? –me preguntó con cierta picardía.

- Ciego estaría yo si no quisiera –contesté. Y entonces bajó la mirada, dio un paso, me cogió la mano y me clavó sus Ojos de Nieve. Después me besó.

 

6 horas para acabar el año

 

Conduzco escuchando música. Canciones pasadas de días felices. Una luz junto al velocímetro me indica que he de repostar.

- ¿Qué desea? –me pregunta un empleado de edad indeterminada que parece llevar en la gasolinera toda la vida.

- Lleno de 95, por favor.

- ¿A cenar con la familia? –me dice por rellenar el silencio.

- Tengo una cita –contesto por educación.

- ¿Hoy?

- Sí, con la mujer de mi vida.

Sonríe.

 

Casi nunca iba a correr con Alba. No era capaz de aguantar su ritmo. Además, le gustaba tener ese momento para ella sola. Sin embargo, aquella fría tarde la acompañé. Se reía de mi torpeza y de mi poco fondo.

- Si jugaras al tenis conmigo, no te ibas a reír -le dije entre jadeos.

- Normal, no veo la pelota -me contestó corriendo de espaldas para demostrar su aplastante superioridad.

- Excusas.

Ascendimos por una carreterucha que guiaba hacia un monte cercano desde el que se divisaba la ciudad. Era la zona favorita de Alba.

- No deberías venir tan lejos y cuando apenas queda luz –le repetí por enésima vez.

- Es el mejor sitio para correr y no puedo a otra hora, calvito.

- Pero es peligroso.

- Ya sabes que esquivo los peligros –me replicó. En ese momento se frenó y me señaló hacia los árboles-. No la distingo bien, pero debe andar por allí.

Entorné los ojos y vi las luces mortecinas de la casa.

- ¿Qué es?

- El lugar donde quiero pasar esta Nochevieja contigo.

La miré sorprendido. Me acerqué a ella, le quité las horribles gafas amarillas y la abracé. En sus ojos seguía cayendo la nevada más hermosa que nadie había visto jamás.

- ¿Una Nochevieja romántica?

- Sí, la última que posiblemente veré –los copos de nieve se derritieron de sus ojos y un par de lágrimas se escaparon tímidamente.

- Será la primera de muchas. Y todas ellas serán especiales. Te lo juro –le dije con el corazón encogido. Después la besé como nunca había besado a nadie.

 

2 horas para acabar el año

 

Enciendo la chimenea con más pena que gloria. El salón tardará en calentarse. Pero ya está todo en su sitio, perfectamente preparado como la primera vez.

Decido esperar leyendo un rato. Me arropo con una manta. Me entra sueño…

 

Se acurrucó en el sofá, apoyando su cabeza sobre mis piernas. Estaba agotada después de su carrera diaria y la ducha reparadora. Era el momento de que la leyera. Hacía ya un mes que no era capaz de distinguir las letras de los libros. “En realidad prefiero que me leas tú, me encanta tu voz”.

- ¿Has vuelto a subir hasta la casa? –le pregunté.

- Claro, podría hacer ese recorrido a ciegas.

Me fijé en sus ojos, casi cubiertos por aquella maldita capa blanca. Acaricié su melena rubia y la besé en la frente.

- ¿Sigo con “Hijos del Impacto”?

- Claro.

- “Pank seguía paralizado y la multitud no reparó…”.

- Eso ya me lo leíste ayer –me interrumpió.

- No puede ser, la marca está ahí.

- Pues ya lo leíste. Íbamos más adelante.

- A lo mejor te equivocas –le dije sabiendo de antemano su réplica.

- Sabes que nunca me equivoco -me reí-. Mira que eres bobo…

- Además de futuro calvo… No sé que haces conmigo.

- Eso digo yo. No me voy a quedar ciega, ¡ya lo estoy!

- Porque soy irresistible.

- Pobrecito… lo peor es que se lo cree. Anda, sigue leyendo.

- “Conrad Green se levantó…”

- Ahí sí que nos quedamos –me dijo interrumpiéndome de nuevo.

- “Conrad Green se levantó y señaló a su alrededor. ‘El mundo está lleno de opciones, señor Dole. Nunca hay un solo camino’, dijo”.

 

 

5 minutos para acabar el año

 

La ciudad estaba cubierta de nieve por primera vez en muchos años. Volví a casa lo antes posible. Hacía demasiado frío como para estar por ahí zascandileando. Sólo me apetecía tumbarme junto a Alba y ver alguna película con la que pudiera dormitar. Pero ella no estaba. Ni ella, ni sus horribles gafas. “No puede ser”, me dije, “no es buen día”. Así que me cambié de ropa para salir a buscarla. La tarde estaba demasiado oscura.

Comencé a correr y unos metros más tarde mi pecho parecía arder. El aire frío me estaba destrozando, pero aún así aceleré lo que pude para llegar al camino del monte. Con un poco de suerte me la encontraría bajando. Pero no fue así, seguí ascendiendo. Cuando estaba cerca de la cima me tuve que apartar porque subía una ambulancia a toda velocidad. El corazón me dio un vuelco.

“No, no, no…”.

Corrí sin prestar atención al dolor del pecho, de las piernas…

“No, no, no…”.

Allí estaba, junto al camino, a los pies de un coche, con sus ojos de nieve completamente blancos, muerta…

 

Me incorporo y observo el fuego en la chimenea. Mi vista se pierde entre las llamas. Está a punto de acabar otro año más.

Presumías de no equivocarte nunca y que cuando lo hicieras, el mundo se acabaría… y una vez más, acertaste.

El Ancla

Hoy

Llegó tarde, como casi siempre. El sol ya no calentaba y tuvo que abrigarse. Aún así, era una delicia estar sentado allí, frente a la pradera, como todos los domingos.

Comenzaba a despuntar el verdor puro de la primavera. Aquello le reconfortaba. Odiaba el invierno. Nunca le había ocurrido nada dichoso durante los meses fríos.

Se subió la cremallera de su chaqueta. El viento aún refrescaba. Echo un vistazo al banco bajo el árbol, medio desvencijado, abandonado a su suerte. Y sonrió melancólico. Era su ancla con el pasado y, como tal, allí seguía, aguantando el discurrir del tiempo.

 

Hace seis años

– Hacía mucho que no me traías aquí.

– Me acordé el otro día.

– Jo, qué recuerdos…

– Muchos.

– Y muy buenos –Ella se rio–. ¡Qué tontito te ponías!

– Eso no es verdad.

– ¡Sí que lo es! –volvió a reír–. ¡Vaya ocurrencias tenías!

– Pero logré que salieras conmigo.

– Creo que acepté por pena…

– Da lo mismo. Surtió efecto –Él se acercó a Ella y la besó suavemente, acariciando sus labios con dulzura. Ella cerró los ojos y se sintió dichosa. Cuando los abrió, Él le dio la flor.

– Feliz aniversario –le dijo. Ella sonrió. Nunca lo olvidaba. Siempre había sido muy detallista.

– Seis años…

– Sí, los mejores de mi vida –al decir aquello, Él apoyó su espalda en el respaldo del banco, miró al cielo y sonrió. La quería con toda su alma.

Ella esperó, pero lo que aguardaba, no llegó.

 

Hace tres años

Él rebuscaba en el cajón del escritorio. No encontraba la dichosa factura. De repente, se topó con las fotos. Las cogió y echó un rápido vistazo. Una sonrisa se dibujó en su rostro serio. Se acercó al sofá y se dejó caer. Las comenzó a pasar de una en una, dejando que su memoria se regodeara con cada escena.

Ella entró en el salón.

– Mira lo que he encontrado –Él le dio una foto en la que ambos, mucho más jóvenes, estaban sentados en el banco de la pradera–. Es de aquella primavera. No del día en que nos besamos por primera vez, pero sí de poco después.

Ella cogió la foto, la miró distraída y la dejó sobre la mesa.

– ¿Qué te pasa? –preguntó Él.

– He tenido una falta… –Él abrió los ojos de par en par, dejando caer las fotos–. He comprado el predictor y estoy esperando a ver qué sale.

– Pero…

– Lo sé, debería habértelo dicho antes –Ella dibujó una media sonrisa. Él miró el pequeño artefacto blanco que daría la respuesta. Pasaron unos segundos y ésta fue afirmativa.

Los dos se miraron. Ella sonrió y levantó los hombros. Él no supo qué hacer.

– Vaya… –acertó a decir.

– Bueno, no pongas esa cara. Podía pasar… Y son nueve años juntos.

– Me ha cogido de sorpresa, perdona.

– ¿No quieres tenerlo? –preguntó Ella con gesto serio.

– Eh… No lo sé –contestó Él.

 

Hace doce años

– ¿Por fin te has decidido? –le preguntó su Amigo.

– Sí, de hoy no pasa.

– Ya era hora. Estoy seguro de que le gustas desde hace mucho tiempo.

– Que va. ¿Por qué le iba a gustar alguien como yo?

– ¿Y por qué no?

– No soy guapo.

– No, eres idiota. Anda, vete al árbol que yo le voy a dar el mensaje.

– Gracias, tío.

Él salió corriendo pradera abajo, hasta llegar al banco. De un salto, se subió al árbol. Todo debía salir a la perfección.

Ella leyó la nota: “Hola soñadora. Sé que siempre has querido sentir mariposas revoloteando en tu interior cuando conocieras al amor de tu vida, ¿verdad? Pues ve hacia el árbol que hay en la pradera y las sentirás”.

Cuando llegó al banco guiada por la curiosidad, se encontró un nuevo mensaje. “Siéntate y mira al cielo, porque es allí a donde perteneces”. Obedeció y alzó su mirada. En ese instante, decenas de mariposas tiñeron el cielo de colores y comenzaron a volar a su alrededor. Ella sonrió maravillada. Cuando todas ellas se marcharon, Él saltó del árbol.

– Hola, soy el amor de tu vida.

 

Hace menos de tres años

Ella lloraba. La tristeza y el dolor le embargaban. Él se acercó y la abrazó, pero Ella no necesitaba abrazos. No en ese momento. Se sentía vacía.

Había perdido al bebé. Complicaciones en el cuarto mes. Un desastre. Él había tratado de consolarla. No podía verla sufrir. La amaba demasiado. Y aunque le había costado asimilar que iban a tener un hijo, ya estaba convencido de ello.

Se apresuró hacia la habitación y abrió el cajón de su mesilla de noche. Rebuscó entre la ropa interior y lo sacó. Volvió al salón y se situó frente a Ella.

– Cariño…

Ella alzó la mirada llorosa y vio la caja. La cogió. Cerró los ojos y suspiró. La abrió y vio el anillo rodeado de pequeñas mariposas brillantes.

– ¿Quieres casarte conmigo? –le preguntó él con la más sincera de sus sonrisas.

– No, ahora no es lo que quiero… –contestó ella cerrando la caja.

 

Hace trece años

– Me he enterado de que está por ti –le dijo su Amiga.

– Que va. Si ni se acerca a hablarme.

– Eso es porque le gustas.

– No creo.

– ¿Podrías decirle que vaya contigo al baile?

– ¿A Él?

– Claro, ¿por qué no?

– Porque no ha mostrado ningún interés. Y ya sabes con quién voy. Ya he esperado demasiado.

 

Hace dos años

Él llegó a casa sonriente. Pero Ella lo esperaba con gesto serio.

– ¿Qué ocurre? –preguntó.

– Tengo que decirte algo.

– ¿No me digas que vuelves a tener una falta? Porque eso es una gran noticia. Seguro que esta vez todo sale bien –dijo Él sin pensar.

– No, eso ya no sería una gran noticia… ahora no.

– ¿Entonces?

– Voy a dejarte –dijo ella bajando la mirada.

– ¿Cómo? Pero… ¿por qué? –Él no lo comprendía.

– ¿Sigues sin darte cuenta, verdad?

– ¿De qué?

– De que siempre llegas tarde… Siempre a destiempo.

– ¿Pero qué más da eso? Te quiero más que a nadie en el mundo.

– Lo sé.

 

Un año después

Había pasado una mala noche. Necesitaba despejarse. Comenzó a caminar, amparado por la quietud típica de las mañanas de domingo. Sus pasos le llevaron a la pradera. “Hoy llego antes que nunca”.

Se acercó al banco… o lo que quedaba de él. Se subió y, de un impulso, se encaramó al árbol. Se sentía fresco y, aún así, le costó más de lo esperado. “Estoy viejo”, pensó. Se sentó en la rama y observó el horizonte.

Unos minutos después, escuchó unos pasos acercándose. “Me van a pillar aquí arriba a mis años. Qué vergüenza”. Echó un vistazo con la esperanza de que no fueran allí por él.

Ella acababa de sentarse en el banco. Se había puesto a leer mientras tomaba un café. Su corazón se aceleró. El miedo y la emoción estrujaron su estómago. Estaba tan hermosa como siempre. ¿Por qué estaba allí? ¿Le echaría de menos? ¿Debía decirle algo? ¿Y si la asustaba? No sabía qué hacer. Recordó la ruptura, su rostro decepcionado. Aquella última mirada dolía demasiado… Quizás fuera mejor esperar a que terminara de leer… O llamarla después contándole que la había visto. A lo mejor de ese modo quedaban a tomar algo y…

“Siempre llegas tarde”.

“Siempre a destiempo”.

Aquellas malditas palabras… Pero allí estaba, en su banco, en primavera. Tenía que significar algo. Cogió su teléfono, lo silenció y escribió.

Bip, bip. Tardó un par de minutos en rebuscar en su bolso. Sacó el móvil y leyó el mensaje: “Mira al cielo, porque es allí a donde perteneces”. Alzó su cabeza.

– Hola, siempre seré el amor de tu vida.

– Por fin –dijo Ella sonriendo.

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Creado por Carlos Losada